Sierra de Santa Cruz- Valdelacasa
Geológicamente corresponde a la parte meridional de la Rama Occidental de la Ibérica o Cadena Celtibérica Occidental, según la denominan otros autores.
Se trata de una banda montañosa, de unos 8-10 km de anchura, constituida por pizarras y cuarcitas paleozoicas, entre las que destacan las cuarcitas armoricanas, que forman las cotas más elevadas del relieve comarcal y que separan la cuenca de Laguna de Gallocanta. Morfológicamente constituye una importante barrera montañosa, sobre todo vista desde el Jiloca o desde los llanos de Mainar, que alcanza su mayor altitud en el vértice Berrocal -1.433 m – y que desciende bruscamente hacia el Jiloca, con pendientes de hasta el 4%, y más suaves hacia la laguna.
La cadena montañosa aparece cortada por numerosas ramblas perpendiculares a la dirección general NNO-SSE, entre otras la de la Pimienta o de San Juan y la de Valdemolinos en Manchones, la del Peral en Orcajo, las de Balconchán y Valdehorna en Daroca y el arroyo de Valdeporra en Val de San Martín. Todas las ramblas citadas son afluentes por la margen izquierda, siendo estos cauces intermitentes uno de los rasgos fisiográficos más característicos de la comarca, objeto de numerosas comunicaciones científicas y de importantes eventos acaecidos en la vida comarcal a lo largo de la historia.
Sierra de Herrera
Corresponde a una porción de la Cadena Celtibérica Oriental, la que separa la cuenca de Calatayud-Montalbán de la depresión del Ebro. Aunque no posee grandes altitudes, su cota máxima son 1.349 m en la Virgen de Herrera, constituye una barrera impresionante, sobre todo desde el lado de la cuenca del Ebro. Desde el punto de vista geológico, la cadena se estructura en un núcleo paleozoico constituido por apilamiento de varias escamas tectónicas. Corresponde a todos los materiales encontrados en la travesía de Badules-Fombuena-Luesma-Herrera de los Navarros, mayoritariamente compuestos por pizarras negras silúricas y por cuarcitas blancas de edades ordovícicas y silúricas. Destacando sobre todas las demás, la impresionante mole cuarcítica de la Virgen de Herrera. Asociados a las
epocas paleozoicas existen numerosos filones de barita y galena argentífera explotados en el pasado, así como de estratos oolíticos ferruginosos también beneficiados intermitentemente.
Por el extremo oriental, en los términos de Herrera y Villar de los Navarros, una vez superados los materiales paleozoicos, encontramos los sedimentos neógenos terciarios ya pertenecientes a la cuenca del Ebro.
La Sierra Modorra
La sierra de Vicort, alineación montañosa que separa el Campo de Cariñena y la Comunidad de Calatayud, conecta con las sierras de Herrera y Cucalón a través un conjunto de pequeñas sierras como son la de Algairén, la del Espinar y la sierra Modorra. Ésta última penetra en la comarca del Campo de Daroca y muestra aquí sus vertientes más meridionales, desde el Pico de Codos (1279 m.) hasta el monte Atalaya (1237 m.), por lo que actúa como divisoria de aguas entre la cuenca del río Grío y la de la Huerva. Estas estribaciones de la sierra Modorra incluyen la zona más abrupta de los términos de Mainar, Torralbilla y Langa del Castillo. En su litología predominan las cuarcitas y pizarras cámbricas que forman los relieves más enérgicos, mientras que por sus vertientes se extienden glacis cuaternarios
formados por arenas y limos sin consolidar. El modelado diferencial que ha actuado sobre los materiales paleozoicos ha erosionado buena parte de las pizarras. En cambio, la mayor resistencia de las cuarcitas les ha permitido destacar en las principales cumbres de la sierra formándose así un conjunto de
crestas. La incisión de las aguas superficiales ha creado una red de barrancos de notable pendiente pero breve recorrido que drenan este pequeño territorio mediante un conjunto de arroyos y ramblas de carácter marcadamente estacional. En las vertientes de algunas crestas y en ciertos collados se forman canchales constituidos por gruesos bloques de cuarcitas de marcadas aristas. Desde las laderas de estas montañas descienden amplios glacis compuestos por detritos de naturaleza detrítica que conectan con la
planicie calcárea del Campo Romanos. En este sector se han formado un conjunto de pequeñas balsas que se nutren de surgencias y de aguas superficiales. El paisaje vegetal viene caracterizado por la carrasca (Quercus ilex ssp. ballota) que, en forma subarbórea y con notables grados de cobertura, recubre una buena parte de estas inclinadas laderas, sobre todo en el monte de Langa y Torralbilla. Intercalado entre el carrascal hace su presencia el rebollo (Quercus faginea) especialmente en aquellas zonas donde
arranca el glacis o en las vaguadas que preservan mejor la humedad edáfica (destaca el rebollar de La Predicadera, en Mainar). Estas masas han sido gestionadas de forma tradicional para producir leña que se empleaba como combustible doméstico, sobre todo por los pueblos del llano del Campo Romanos. El abandono de esta práctica está permitiendo una cierta recuperación de estos matorrales, aunque las sequías, la decrepitud de las cepas de estas quercíneas y la degradación edáfica ralentizan este proceso.
En aquellas zonas donde la presión deforestadora ha sido más intensa se ha producido una pérdida de suelo; al mismo tiempo, la escasa cobertura vegetal favorece una acusada insolación acrecentada por el efecto solana. En estas condiciones, sobre estos sustratos silíceos se desarrollan unos densos estepares
formados mayoritariamente por Cistus laurifolius y Cistus monspeliensis, pequeña mata ésta de hábitos frioleros que accede a estas solanas desde sierras cuarcíticas menos elevadas del valle del Ebro. En estos matorrales también hacen su presencia otras especies silicícolas como la brecina (Calluna vulgaris) y el cantueso (Lavandula pedunculata). El monte de Mainar es el sector más oriental de este espacio natural y corresponde a una zona en la que abundan las pizarras. Aquí, sobre laderas de pastizal
y estepar se realizaron amplias reforestaciones de pinar, en su mayoría con Pinus pinaster, aunque también se empleó Pinus halepensis y Pinus nigra ssp. austriaca. Dentro del pinar se aprecia una recolonización por escaramujos (Rosa sp.) y por carrascas, aunque las tareas de limpieza forestal simplifican este estrato arbustivo que contribuye a diversificar estos monocultivos. En el fondo de las vaguadas se suceden en poco espacio comunidades vegetales compuestas por especies más higrófilas, como son los prados frescos con junqueras (Scirpus holoschoenus), los zarzales (Rubus ulmifolius), los espinares (Crataegus monogyna) y, en zonas más bajas en las que el freático se mantiene alto un mayor tiempo, de sargales (Salix atrocinerea) y choperas (Populus nigra) con ejemplares en forma de cabecero, especialmente en las zonas cultivadas. En los pequeños navajos y balsas que se forman en el glacis prosperan algunas interesantes y delicadas plantas acuáticas. Algunas, como Eleocharis acicularis o como Myriophyllum alterniflorum tienen una distribución muy restringida en todo el sur de Aragón.
El interés ambiental de estos pequeños enclaves húmedos se incrementa por el valor paisajístico y ecológico de los prados frescos silicícolas que los orlan. Estos ambientes resultan muy querenciosos
para la avutarda (Otis tarda), donde encontraba en estos herbazales un aporte proteico para alimentar a sus crías por su abundancia en saltamontes. Es bien conocida en la zona, la abundancia de antaño de esta ave esteparia, hoy casi extinguida por la intensificación agrícola.
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